El Secuestro de Joe
VIII y ½ - Interludio de sangre
Soundtrack 1
El Naglfar en medio de la oscuridad, y sus tripulantes buscando por doquier con las miradas, se veían desde una bola de cristal en una habitación grande y escasamente iluminada. Frente a la bola de cristal estaba sentado un hombre, con una pierna cruzada sobre la otra, su mano izquierda bajo el codo derecho y su mano derecha con los dedos índice y medio sosteniendo la cabeza desde la sien. Era un hombre no afeminado, tampoco viril, pero más bien se movía cual un hombre con tanto poder como para tener al mundo en sus manos, sin las preocupaciones mundanas sobre masculino y femenino, que adquiere una cualidad andrógina hipnótica en sus movimientos y sus gestos. Ahora, su gesto era el de una sonrisa carnívora de oreja a oreja, de dientes inmensos y colmillos que incluso doblaban en tamaño al resto de los dientes, una sonrisa perturbadora pues sólo sus labios sonreían, mientras que sus ojos y el resto de sus facciones gruesas y grandes se torcían muy ligeramente en una mezcla entre curiosidad y satisfacción propia. Vestía una boina de cuadros y una corbata amarilla enmarcada por tirantes negros.
Soundtrack 2
La habitación poseía algunos pequeños charcos de luz, luz de fuente desconocida, y los espacios escasos que estos charcos dejaban divisar delataban que era parte de un castillo, uno de proporciones opulentas, góticas, ancestrales. Desde la negrura en la habitación habló una voz femenina, sin fuente ni dirección, abarcando todo el espacio y haciendo eco en él, una voz ronca pero dotada con una apabullante femineidad manifestada en la nostalgia que producían sus notas, la sensibilidad en la pronunciación de las palabras, y la fuerza que tenían el ritmo de los sonidos y la cualidad de las ideas. Era arrulladoramente sensual.
-“They almost got killed, you know? All of them, while Carlos was asleep.” Dijo la voz. El hombre ante la bola de cristal viró sobre su hombro y rió.
-“Men, o sea, no me puedes hacer responsable por la mediocridad de los demás,” Respondió el hombre con tono lógico y confiado, la sonrisa todavía dibujada en su rostro. “Eso sería demasiado venezolano de tu parte. Si les da la gana de matarse entre ellos mismos, eso es su problema, yo no jugué piezas en ese suicidio.”
-“Maybe those gay orcs of yours did.” Respondió la voz de mujer con serenidad.
-“Ah, pues, ¿qué te puedo decir? No los puedes culpar tampoco, esos glúteos de Joe están como mordisqueables, ¿no? Genial que se diviertan los orcos con eso un rato.” Dijo el hombre, con tono entretenido.
-“Ouais, c’est épatant ça” suspiró la voz en tono irónico. Hubo silencio por un momento.
-“En fin, yo sé que no los estás defendiendo, tendrías que tener muy mala memoria para hacerlo. No puedes defenderlos, de todas formas. Son ellos quienes se adentran en un lugar tan inhóspito y agresivo como Rupunia. Quién sabe qué suerte de maleficios puede acaecerlos mientras estén a la deriva en este mundo tan desconocido para ellos.” Decía el hombre sarcásticamente. “Pobres, pobres héroes.”
Una mano pálida, con uñas largas y rojas, se vio aparecer desde la oscuridad y posarse en el hombro del hombre.
-“Very aggresive indeed. Jungle-like, actually.” Dijo la voz. “So whatever you do, Diego, just keep in mind...” la mano ahora clavaba sus uñas en el deltoides de Diego, quien luchaba por esconder el dolor apretando la sonrisa “...that the chain of command IS the food chain ‘round here.”
-“Sí, señora. Ja ja ja. Todo anda bien con esta mentecita. Va a 167 kilómetros por hora, no se le pasa nada.” Dijo Diego, riendo. El tono complaciente de Diego parecía desagradar a la mujer, cuyos pasos se escuchaban alejarse de él a lo largo de la habitación, lentos, pesados, entaconados. Diego se hincó hacia la bola de cristal, ahora enfocada en un miembro particular de la tripulación.
-“And, Diego…” Dijo la mujer, ahora audiblemente desde lejos, como si hablase de espaldas.
-“Diga, señora,” dijo Diego, sonando entretenido.
-“I want that one alive.” Dijo la mujer.
-“Oh Yes, ma’am. I know you do.” Respondió Diego. Entonces se escuchó el expander de alas tras él, y el batirlas contra el viento para despegar en vuelo. La mujer se había ido. Diego quedó a solas en la habitación.
-“I’ve always known you do.” Se dijo Diego a sí mismo, pensativo, mirando de cerca su bola de cristal, y el rostro del extraordinario que se veía en ella.
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