El Secuestro de Joe
VIII - Hacia otro mundo
Jesús abrió los ojos sintiéndose despertar de un sueño largo, con los músculos adoloridos. Todo estaba borroso y muy iluminado, a duras penas lograba divisar el techo de madera del camarote. Trató de ponerse de pie, pero falló, y volvió a caer acostado sobre el delgado colchón donde parecía estar postrado. Entonces, escuchó una voz que había sido familiar para él por toda una década de su vida.
-“Je je je, te estáis puyando con esos masajes en la cabeza, ¿no?” Rió Carlos Javier. Jesús no recordaba nada y, aunque el tono de voz de Carlos sonaba despreocupado, él siempre sonaba así, lo cual no le permitió mucha consolación.
-“¿Qué rayos sucedió, Carlos?” Le dijo Jesús, poniéndose la mano sobre la cabeza y luchando por erguirse, como despertando de una resaca. Carlos bostezó profunda y ruidosamente, estirándose. Con el rabillo del ojo, Jesús vio sus borrosos brazos al aire mientras lo hacía.
-“Los muchachos cuentan que me diste un masaje para quedarme dormido, normal. Pero luego no saben que pasó que no me dejabas despertar.” Carlos hizo una pausa dramática esperando que Jesús asimilara la idea. “Y te imaginarás, o sea te imaginarás el verguero que eso armó.”
Jesús empezó a tener ligeros recuerdos de lo sucedido, más de sensaciones que de imágenes. Recordó una atmósfera muy tensa, premura y expectativa, todo muy vago. Recordó susurros, sonidos de lluvia y voces frustradas dentro de la habitación. Luego sonidos que se escuchaban gigantes cerca de la nave, y finalmente el claro recuerdo, preciso y perturbador como la alarma de despertador tras un sueño profundo, de escuchar la voz de su hermano decir “Baja, Mau. Yo me encargo.” Entonces Jesús entendió que Juan Diego había estado en cubierta, mientras Carlos dormía. El peligro que su hermano había corrido enfocó su mente y su cuerpo en una sola cosa: buscarlo para saber si estaba bien.
-“¡Juan Diego!” Dijo Jesús, incorporándose aparatosa pero velozmente, corriendo fuera del camarote. Carlos trató de detenerlo, pero la velocidad con la cual Jesús se había reincorporado lo tomó completamente por sorpresa. Al verlo dirigirse hacia la escotilla de cubierta, trató de advertirle: “No salgas, que estamos en el triángulo de…” Pero fue interrumpido por una ráfaga de viento que le impidió el habla cuando Jesús abrió la escotilla.
Afuera había una tormenta como nunca habían visto antes. El cielo destellaba truenos como columnas de poder que caían alrededor del Naglfar, los vientos eran inclementes y la visibilidad hacia el horizonte era casi nula. En proa, Javi se encontraba de pie, inmune a la tormenta, tratando de proveer visibilidad. Max estaba en el mástil, luchando por amarrar la vela, corriendo un mundo de peligro mientras los ventarrones amenazaban con sacarlo de la nave. Jesús luchaba por asomarse desde la escotilla buscando a su hermano, vociferando su nombre.
(Entonces lector, ahora usted leerá lo que sigue escuchando esto:)
Soundtrack de la 8va Parte
-“¡Javi! ¿¡Qué ves!?” Le gritó Mau a través de la tormenta.
-“¡Un huracán del tamaño de casa de Jesús!” Le gritó Javier, limpiándose el agua que le había caído en los ojos.
-“¡El mapa señalaba que ese era el punto exacto!” Le gritó Mau. De repente Jesús escuchó que le gritaron desde atrás. No necesitó darse la vuelta para saber quién le hablaba. Era Juan Diego.
-“Jesús Alberto, ¿te vais a agarrar o te tengo que afeitar a cachetadas?“ Le dijo. Jesús sonrió para sí mismo y se hizo de una cuerda, sabiendo que su hermano estaba bien, y con su personalidad intacta.
-“¡Max, termina de amarrar esa vela y agarráte!” Gritó Juan Diego. “Mau, curso directo hacia el ojo del huracán.”
-“Santo Dios, los héroes en las historias siempre tienen tan malas ideas.” Dijo Mau hacia sí mismo. En el camarote, Alejandro metía sus herramientas en un baúl y las amarraba, asegurándolas al barco.
-“¡Muy bien, muchachos, todo el que no sepa volar, brincar, Maxiar o shuflear sus moléculas lo quiero agarrao del barco como una babilla recién pari’a!” Vociferaba Alejandro yendo de un lado a otro organizando cosas. Entonces puso la voz carrasposa como Leónidas en 300. “¡Because today, no extraordinario dies!” Dijo, para luego sonreírle a Jesús, quien lo miraba extrañado asomándose hacia adentro. “Marico, perdonáme, yo sé que no era el momento pero siempre quise hacer eso, ¡ja ja ja!” En ese momento el barco se meció como un pato de hule que fue manoteado en una bañera por un bebé. Alejandro salió volando, golpeándose la cabeza contra una de las paredes. Vanessa, viendo esto, gritó:
-“¡Alejandro, muchachos, Por vida ‘e Cristo, compórtense, que vamos a moriiiiir! ¡Sean serios por alguna vez en sus vidas!”
Juan Diego maniobraba hábilmente, con una de sus manos amarrada a un mecate del barco, mientras daba órdenes a los muñecos remadores y ayudaba a Mau con la navegación. Jesús se amarró la cuerda de la misma manera, y le gritó a Javier.
-“¡Javi, toma el mando!” Javier se dio la vuelta.
Max había terminado de amarrar la vela. Ahora chillaba '¡Wuuuujuuuu!' agarrado del mástil mientras su cuerpo se batía como una bandera contra el viento.
- “¡Max, tráeme a Mau hasta la escotilla!” le vociferó Jesús. Al escuchar la orden de Jesús, Max se encogió como un mono en una rama y puso sus piernas contra el mástil, impulsándose con ellas como si fuese un torpedo en dirección de Mau. Max llegó hasta Mau, lo tomó y lo ayudó a llegar hasta Jesús, quien ayudó a asegurarlo bajo cubierta desde donde podía ver y apoyar a los demás. Javi ahora tomaba el mando mientras Juan Diego le ordenaba que mantuviese curso firme hacia el huracán. Los vientos se hacían más fuertes, el barco amenazaba con volcarse de cabeza. “Alguien agarre a Nati, se golpea ella la cabeza y al coño fuimos todos” Gritaba Alejandro. Los truenos se acercaban cada vez más, el huracán ya se mostraba frente a la visión de todos, rodeado de truenos como si fuesen sus aliados, imponente, su forma inclinándose hacia el barco como si tuviese vida propia y asomase su cabeza para mirar de cerca a la tripulación. El barco navegaba hacia su centro, bamboleando pero firme, como un condenado hacia la silla eléctrica. “¡Agárrense todos!” Gritaba Jesús. “¡Con todo, Javier, pa dentro!” Le decía Juan a Javier, mirándolo a la cara, con el puño arriba como dándole las fuerzas para hacerlo. Marly y Natalia calmaban a Vanessa, quien, en el medio de las dos gritaba “¡Vamos a morir!”
Entonces, todo fue oscuridad.
Continuará
(Me cuentan donde quedaron cuando terminó la canción, a ver si cuadró)
No hay comentarios:
Publicar un comentario