El Secuestro de Joe
VII - Poder Abrumador
Naglfar. 11 p.m. Hora del Pacífico.
La noche había caído sobre el barco, horas tras haber dejado Bogotá en dirección sur-oeste sobre el Océano Pacífico. Sobre cubierta, Mau manejaba avispado y atento bajo el cielo estrellado y el clima calmo. Max estaba de pie en el puesto de vigía, agarrado del mástil, concentrado en el horizonte adelante. Abajo, en los camarotes, Nati observaba expectante por la ranura de una puerta entrecerrada desde cuyo filo salía una línea de luz de vela ondulante muy tenue, y alrededor de ella se reunían el resto de los muchachos de la tripulación, susurrantes e impacientes ante lo que sucedía dentro de aquella habitación.
-“¡Shh! ¡Cállense!”Susurró Natalia exasperada, volteándose hacia la tripulación. “¡Que ya casi lo logra!”
-“Mardición pero yo lo que quiero saber es por qué vamos tan lento si ya tenemos todo lo que hace falta para ir a Rupunia.” Susurró Vanessa. Los muchachos a su alrededor empezaron nuevamente a cuchichear y susurrarse entre ellos, pero Natalia no les prestó atención y siguió atenta mirando a través del filo de la puerta entrecerrada como un niño que mira hacia la habitación prohibida de la casa de sus abuelos. De repente, Nati abrió un poco más la puerta y asintió al haber recibido una señal desde dentro.
-“Ok, listo muchachos. Ya pueden entrar,” susurró ella, abriendo la puerta por completo, todavía sosteniendo la manilla y parándose contra ella mientras los hacía pasar con una señal de la mano. Dentro, la habitación había sido adecuada para un ritual, había una pequeña mesa un poco más allá de la puerta, redonda y muy baja, con una estatua del buddha hecha en madera sobre ella, y a la izquierda estaban Carlos Javier y Jesús, Carlos acostado boca arriba sobre una baja litera de barco, su cuerpo pesado hundiendo su propia silueta sobre el delgado colchón, sus ojos cerrados y una expresión de sueño profundo y relajado en el rostro, y Jesús sentado en flor de loto frente a la cabecera de la cama, en la esquina de la habitación, con sus manos puestas sobre la cabeza de Carlos. Hacía un poco de calor, tal vez porque había velas en el suelo, en la mesa, y alrededor de Jesús, las cuales los miembros de la tripulación evitaron pisar con cuidado mientras buscaban pararse al lado y al pie de la cama donde Carlos dormía. Natalia, apresurada, sacó de su bolsillo una aguja y se pinchó el pulgar, descubriéndose una pelotita de sangre que brillaba bajo la luz de vela. Ella acercó su pulgar sobre la barriga, intencionalmente dejada al descubierto, de Carlos, y dejó que la gota de sangre cayera a una cuarta más arriba de su ombligo, la medida siendo exacta. Entonces, le pasó la aguja a Marly.
-“¡Apura!” Le dijo. Marly asintió y procedió a pincharse ella su dedo pulgar, colocando ella su gota de sangre a media cuarta hacia la izquierda, diagonal a la gota anterior. Mientras ella hacía esto, Vanessa dio un paso hacia atrás, mostrándose un poco preocupada.
-“Ya va… pero… ¿por qué sangre?... osea…” Susurró Vanessa. Los demás la mandaron a callar con un unísono “¡Shh!” y Eduardo y Alejandro la tomaron de cada brazo.
-“Mami” le susurró Ale, abrazándola. “Después te explico, lo que pasa es que falta Vicky y no tenemos a más nadie. Pero apuráte, mi cielo, antes de que nos tiren la cachua a todos aquí.”
-“Anda mi reina si tú eres tremenda hembra tú puedes con todo.” Le dijo Eduardo.
Y mientras los dos trataban de convencerla, se escucharon en la lejanía una serie de sonidos los cuales, aunque distantes el uno del otro tanto, eran cónsonos en su cualidad sobrenatural y espeluznante: el relinchar de un caballo primero, debajo de la nave, luego el sonido de brazas ardiendo al este y, un tiempo después, desde arriba, el crujir rítmico de la madera como el sonido que emitían las carrozas de antaño con sus ruedas de madera. En ese momento, Jesús abrió los ojos y miró directamente hacia los de Vanessa, con tal precisión como si ya supiese donde ella estaba antes de abrirlos, y con una expresión de premura y seriedad alarmante. Vanessa inspiró una bocanada de aire sorprendida y, sobándose el dedo pulgar, miró con rencor a Alejandro quien, mientras Vanessa se había distraído, le había quitado la aguja a Marly y ahora acababa de pincharle el pulgar a Vanessa sin que ella se diera cuenta. ‘¡Ale!’ susurró Vane con rabia, un susurro que habría sido un grito si se hubiese podido, ‘ya, mami, ven, ya pasó, pon la gota aquí al contrario de la que puso Marly’ le susurró Alejandro mientras la guiaba a poner la gota de sangre sobre la barriga de Carlos. Con tres gotas ya colocadas en forma de triángulo, todos observaban expectantes, a excepción de Jesús, quien había cerrado los ojos nuevamente y parecía concentrar toda su atención en sus propias manos, todavía posadas inmóviles sobre la cabeza de Carlos. Entonces, del interior de la barriga de Carlos salió una cuarta gota que formó con las otras tres un cuadrado perfecto.
Completado el ritual, cada gota de sangre en la barriga de Carlos comenzó a flotar y a alejarse la una de la otra manteniendo siempre la misma altura y la misma distancia la una de la otra. Las gotas se desmembraron en pequeños hilos de sangre que corrían el uno hacia el otro, comenzando a tomar forma.
-“¿Un mapa?” Susurró Vanessa, asombrada.
-“Y una brújula.” Respondió Natalia.
-“Es el Océano Pacífico, así que vamos bien. Pero todavía no veo dónde exactamente.” Dijo Ale, acercándose más. La figura de sangre entonces comenzó a tomar más detalle, se comenzaron a formar las montañas y las costas, pero al mismo tiempo giraba como si un dibujante invisible las hiciera y cambiaba de centro constantemente. Desde muy cerca del suelo de la nave, se escuchó emerger una terrorífica carcajada cadavérica, carcajada que parecía emerger de una boca inmensa como una cueva, capaz de tragarse la nave. Marly dio un respingo al escucharla, y clavó sus uñas en el hombro de Ale, quien estaba hincado de cuclillas al pie de la cama.
-“Es más a la izquierda, al oeste. Sí, Mau tiene buena intuición.” Susurró Alejandro, poniendo su mano sobre la de Marly, sin dejar de mirar el mapa. “Ya casi se dibuja, sólo unos segundos más.”
Juan Diego, empapado de agua, abrió la puerta repentinamente, con expresión de leve alarma en el rostro. Los miró a todos como si hubiese encontrado respuesta a algo repentinamente, a algo que sucedía afuera de la habitación y habiéndola encontrado, salió hacia cubierta con la misma premura con la cual entró. Desde fuera, se le escuchó a Max gritar “¡diles que dejen de jugar al bello durmiente, coño!”, y luego se le escuchó a Juan decir “Baja, Mau. Yo me encargo.” Se sentía entrando por la escotilla un poco de la lluvia torrencial que caía, y la brisa fulminante. Las velas se apagaron, y los tripulantes en el camarote notaron que el calor que habían sentido no venía de las velas, sino de las manos de Jesús.
-“Se parece al triángulo de las bermudas, pero éste no es el Océano Atlántico” Dijo Alejandro. “Maldición, si se dibujara un poco más.”
-“Rápido, Ale,” susurró Nati, con una sensación de inquietud cabalgante en el estómago. Nati vio a Javier asomarse por la pequeña ventana circular del camarote, y su rostro tomó una ligera expresión de alarma.
-“Ehm… muchachos…” Dijo Javier.
-“Al diablo, voy a subir.” Dijo Marly, y soltó a Alejandro para subir a cubierta. Con ella subió Eduardo. El sonido del relinchar de los caballos se escuchó más de cerca, y el arder de las brasas.
Mau bajó tras Eduardo haber subido, y se dirigió directo al mapa. Por un momento la expresión en su rostro fue la misma de concentración frustrada de Ale, pero entonces se iluminó en reconocimiento.
-“Conozco esa isla. ¡Demonios! ¿Era en China o en Japón que quedaba?” Dijo Mau, pensativo. En cubierta se escuchó a Marly gritar de esa manera cuando su grito es un arma, y los sonidos de Max luchando contra alguien, o algo. Vanessa observaba las caras de hipnótica preocupación a su alrededor, Nati asustada mirando a Javi, Javi preocupado mirando por la ventana, Ale y Mau con el ceño fruncido mirando el mapa, y los sonidos aterradores que rodeaban al Naglfar. Pero entonces ella vio el rostro de Jesús, con los ojos cerrados, relajado, concentrado en una paz intocable, irrompible, y se aferró a esa expresión para mantener el control.
-“¡Ajá, ése es el propio, el archipiélago de Japón!” Le dijo Ale a Mau. “¡El Triángulo del Dragón, en el Mar del Diablo!” Vociferaron ambos al unísono, triunfantes.
-“¡Listo!” Dijo Vanessa. “¡Carlos Javier, despierta ya!” Pero Carlos no despertó. “¡Carlos!” Volvió a gritar Vanessa. “¡Carlos!”
-“Muchachos” Dijo Javier, pero ya no con su expresión de calma habitual, sino en trance, como despojado de su propia voluntad, como si el Javier que existía dentro de él ya no estuviese y sólo quedaba su cuerpo hecho un títere. Entonces Natalia, Ale y Mau siguieron la mirada de Javier y se asomaron por la ventana también.
Acaparando el círculo entero de la ventana se veía el rostro aterrador de un hombre que estaba de cabeza, mirando hacia adentro. Era rubio, con facciones demasiado afiladas y agudas, como si todas sus facciones fuesen de una afilada inteligencia, tan afilada que era fálica, y sus ojos verdes amarillentos tenían una mirada de hambre, de fervor asesino y cruel y astuto y de locura insaciables, y entonces sonrió una leve sonrisa hecha de lujuria pura de sangre. Entonces se escuchó el sonido más espeluznante de aquella orquesta de terror, el sonido del mugir de un toro que se escuchaba gigante, visceral, cavernícola y malvado, como si el núcleo de la maldad en el corazón del hombre hubiese mugido desde el centro del planeta. Vanessa reconoció que estaba sola, con los otros extraordinarios hipnotizados viendo algo que ella mejor no veía en la ventana. El barco se detuvo de golpe como si hubiese encallado en piedras, o en una garra inmensa que lo abarcaba todo, la sonrisa del hombre se hizo más grande, como si él mismo hubiese detenido el barco y el material de toda la obra viva crujía y aullaba mientras el Naglfar se intentaba zafar. Entonces ella miró a Jesús, inmóvil, con los ojos cerrados, y las manos sobre Carlos Javier, recordó que Carlos no había despertado cuando Juan entró de golpe, ni cuando Ale y Mau vociferaron, ni siquiera cuando Marly gritó su estridente grito en cubierta. Los otros estaban batallando arriba con quién sabe qué. Todos atrapados en la telaraña de ese desastre. Excepto Jesús, intocable, inamovible, con las manos sobre Carlos Javier. Y Carlos Javier inalcanzable en su sueño irrompible. El hombre en la ventana comenzó a reír, y el barco a aullar mientras cedía ante la garra que lo quebraba. Vanessa entendió lo que sucedía.
-“¡Jesús, suéltalo que nos vas a matar a todos!” Gritó Vanessa, con esperanzas de tener suficientes fuerzas, y tiempo, para zafarlo.
Continuará
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