martes, 26 de enero de 2010

(6ta parte) La Liga de Maracuchos (Y un Colombiano) Extraordinarios

El Secuestro de Joe



VI - El Kiai que cayó en el bosque



Max se adentró con Pedro en el bosque, con un cúmulo de sensaciones que parecían incrementarse a medida que más caminaba, tal vez hacia el centro del mismo. Era un letargo, como una relajación de desear ir más lento, y una frescura en el ambiente como si cada célula de su cuerpo fuese bañada en gotas de aire líquido, fresco y rejuvenecedor. Pedro se detuvo frente a un árbol, y se bajó el overol de mecánico. Ahora quedaba vestido con un par de blue jeans y una franela negra que leía “I survived… Metallica. Bogotá 2010”. Miraba a Max fijamente a los ojos.

-“El kiai que cayó en el bosque.” Dijo Pedro.

-“¿Así se llama la técnica?” Preguntó Max.

-“Sí,” dijo Pedro, y se volvió hacia el árbol, mirándolo y poniéndose a su lado como si fuese un viejo amigo. “Max. Pégale a éste árbol, y dame tu mejor kiai.”

-“Hai.” Dijo Max. Max se acomodó en una pulida y hermosa posición de combate, su rostro dejó su hábito de infantil serenidad de media sonrisa y acogió un ceño fruncido y expresión de suma concentración. Inhaló profundamente, cada vez más fuerte y, entonces, gritó. El kiai de Max abrazó todo el bosque, dejando un largo eco de voz de joven guerrero, un poco verde pero apasionado. La salvaje patada lateral que atinó en el árbol le arrancó unos pedazos al tronco, y su pantorrilla derecha quedó intacta.

Pedro observó pensativo a Max. ‘algunos pedazos al tronco -un poco verde- al menos quedó intacto.’
Cuando fue su turno, Pedro se cuadró en posición de jinete frente al árbol. Se concentró con sus manos en flor de loto, y su expresión de máxima ecuanimidad mezclada con intocable arrogancia -debo disculparme con usted, lector, pero no sé como describirlo en otras palabras- era la expresión de sabañón droga’o más sólida que Max había visto jamás en su vida. Pedró gritó, con voz humana mezclada en rugido, saltó y se lanzó a la tierra con un puño de martillo que atravesó la tierra, dejando un cráter y rodeando a Pedro de polvo. Cuando el polvo se disipó, Pedro sostenía en la mano con la cual golpeó el suelo, un pedazo de raíz que había arrancado del árbol que tenía en frente.

-“El secreto, Max,” Dijo Pedro, mostrándole la raíz que había arrancado, “está en la solidez del carácter.”

-“Pero no puedo poner esa cara de culo que ponéis vos, Pedro.” Dijo Max.

-“¡Solidez! Cero mente.” Dijo Pedro. “Es la mente en una sola cosa. Sin juegos, sin deseos. Trabajo duro, concentración.” Entonces Max intentó concentrarse en no pensar, y en dejar que su rostro adquiriera la solidez que con ello traía. “Y tendrás que hacerlo… estando a prueba. Ninfas bogotanas, ¡ataquen!” Al decir esto, un enjambre de ninfas emergió de los arbustos por doquier. Tenían facciones sobrehumanas, como asiáticas con pecas, cuerpos perfectos, e inclusive una tenía un ojo color púrpura y el otro esmeralda. Todas se amontonaron alrededor de Max y lo observaban divertidas“Ay, pero que monada con este man, mira que parece un chinito,” decía una. “Ush, pero que pena con usted, papito, nosotras si somos descaradas mirándolo así, pero es que estás demasiado divino, provoca masticarte, ¿verdad que sí?” decía otra.

-“Nah, es Jesús el que se excita con los acentos. A mí me recuerdan a mi mamá que es de San Cristóbal.” Respondió Max. La ninfa con ojos púrpura y esmeralda, la que tenía más cara de vándala, le respondió “pues usted pida por esa boquita, mi rey, que nosotras dejamos de hablar y empezamos a hacer.” Al decirle esto, le empezó a hacer cosquillas a Max, y el resto de las ninfas la siguieron.

-“Uy… no… ahí no… Ya va…” Dijo Max, riéndose apologéticamente, tratando de zafarse mientras lo rodeaban. Una de las ninfas le metió las manos dentro de la camisa. “¡Pilas que tengo los pezones sensibles!”

-“¡Solidez, Max!” Rugió Pedro. “¡Solidez!”

Max, para pasar la prueba, se decidió a cerrar los ojos y usar su mente en el esfuerzo de superar las sensaciones que lo abrumaban. Se imaginó a sí mismo en una guerra, siendo un general que monta a caballo, pasando por entres las tropas. Y todos sus soldados lo miraban, con ojos de inseguridad, de miedo, de necesitar ver en el rostro de aquél su general la seguridad de la victoria, la confianza de salir ileso de la batalla, o, en el peor de los casos, la valentía de enfrentar a la muerte con frente en alto y espada en mano. Max consiguió perderse en la batalla de su mente, en el furor del combate, y consiguió, por un par de segundos, la ecuanimidad que se halla al saber que la muerte toca a tu puerta, sin importar en realidad si te lleva o no. Cuando, por fin, Max abrió los ojos, todas las ninfas habían ya desaparecido, y Pedro estaba a su lado, sonriendo complacido.

-“Juan tenía razón,” Dijo Pedro. “Ahora que has dominado tus emociones, Max, es hora de enfocarse en una sola. Es hora de destruir.”

-“Max,” continuaba Pedro, “Vuelve a gritar. Pero esta vez hazlo por algo que te dé arrechera en serio.”

-“¿Cómo que grite por algo que me dé arrechera? ¿Qué grite mientras pego y verga?”

-“Sí. Así de sencillo.”

-“Verga, déjame pensar.” Dijo Max. “Ajá, ya lo tengo, voy.” Entonces se cuadró como antes, y volvió a concentrarse, esta vez con expresión de sabañón droga’o.

“¡Queladillayoqueríaalanin
fadeojosdecolorsitoskiaaaai!” El kiai de Max retumbó en el bosque, y la patada lateral arrancó aún más pedazos del tronco. La pantorrilla de Max no sólo quedó intacta, quedó con deseos de aniquilar.

-“Excelente. Pero puedes hacerlo mejor. Busca dentro de ti.” Dijo Pedro.

-“Esto me está empezando a gustar.” Respondió Max.

“¡Queladillaconcháveztendríatantosjuegosdeplaysinofueraporélyaaaaaah!” Ésta vez Max le sembró una patada lateral, y el suelo tembló un poco debido a que la onda de choque había llegado hasta las raíces del árbol. “¡Nuncahedichoestoanadieperomedaenvidiaconloscuadritosdelnegroobamayaaah!” Y otra vez, la tierra tembló.

-“Lindo. Ahora déjame intentarlo a mí.” Dijo Pedro, quien se acercó a un árbol distinto a aquél con el cual practicaban. Pedro puso las manos gentilmente sobre el árbol y, cerrando los ojos, le apoyó la frente y le habló en susurros. Max entendió que le estaba pidiendo disculpas.

“¡MalditaseaconLuisVilcheznojodaporquétienequepegartanduroelmalditoflacotacasicomojesúsyotengocomotresañoscomiendopastaytodavíanopegoasíyiiiiiiaaaaaaaaah!” El puño de Pedro atravesó el árbol, dejando a Max boquiabierto. Pedro sacó su mano del interior del árbol con dificultad, arrancándole pedazos al tronco y produciéndose a sí mismo algunas cortadas en el brazo. “¿Entiendes?” Le preguntó, dándose la vuelta. Max, sin responderle a Pedro, sabía exactamente qué hacer. Max Dio un salto gigantesco que lo llevó a varias decenas de metros de altura, y se preparó a caer dando un poderoso pisotón con ambos pies, gritando:

“¡Nojodalasmujeressisonguevonasunolesregalasandaliasdebobesponjaynoteparanbolaslasmarditasloquequierenesunhombrequelastratemalqueladilla¿porquelavidanopuedesertansecillacomotekkencuandojesúsnovapalacasa?waaaaayaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!

Con la técnica del pisotón de Max, el cráter resultante era mucho más grande que aquél dejado por Pedro, quien, entre la nube de polvo y escombros se le acercaba, tosiendo y riendo al mismo tiempo. En las orillas del cráter se veían las raíces de los árboles que habían quedado tras el desastre, y Max tendría varias de ellas de dónde elegir para darle un manojo a Pedro. Él había superado en creces la técnica original que su maestro le había mostrado.

-“Ja ja ja, creo que estás listo.” Dijo Pedro con una risa contundente y resonante. “Es hora de volver.”

Pedro y Max caminaron de vuelta al taller, conversando mientras caminaban, ambos muy satisfechos. Max entonces sintió un envejecimiento abordándolo. Sus extremidades, aún cuando sobrehumanas, fueron perdiendo la mágica frescura generada por el bosque. Desde donde estaba, a ya llegando a las orillas del bosque, pudo ver a los muchachos conversando exactamente como los había dejado. Luego le sucedieron cosas cada vez más extrañas. A sus espaldas, de vuelta en el bosque, escuchó el eco de un grito, el cual estaba seguro era el kiai de su propia voz, pero distorsionado, rebobinado y metalizado. Seguidamente escuchó el eco de dos hombres conversando, y risas de mujeres con voces mágicas. Tras la extraña experiencia con Pedro, sentía que darse la vuelta y ver de dónde venían los sonidos, sería una clásico caso de “la curiosidad mató al gato”. Como hombre extraordinario él había visto muchas cosas que seducían el hambre de la mente y el cuerpo para matar y, aún cuando las ninfas no parecían ser unas medusas, en el mejor de los casos no quería mostrarse débil de carácter ante su recién encontrado maestro de los gritos marciales, quien caminaba siempre hacia el frente, sin titubear, como si tal vez no los escuchara. Pero ya saliendo del bosque, la curiosidad obtuvo lo mejor de él y se dio la vuelta. Al hacerlo, pudo ver su propia espalda y la espalda de Pedro mientras ellos, o unas copias de ellos, se adentraban en el bosque, con el detalle de que Pedro todavía tenía el overol puesto.

-“…Los pueden seguir si quieren,” escuchó Max a Juan decirle a la tripulación.

-“Pero no vamos a entender lo que Pedro le va a enseñar a Max, ¿cierto?” Le respondió Carlos J.

-“Exacto.” Dijo Juan.

-“A verga, a que yo sí entiendo.” Dijo Alejandro, y parecía estar a punto de adentrarse al bosque, cuando repentinamente él se consiguió a Max justo en frente y se detuvo en seco. “¿Qué fue, Max, te rajaste?”

-“¿Qué si me rajé de qué?” Preguntó Max.

-“¿Marico no vas a entrar?” Preguntó Carlos. “¿Qué haceis devolviéndote?” Max miró a Pedro

interrogante, sin entender. Pedro, por su parte, miró a Juan Diego y “Listo” le dijo. “Nos vamos” le dijo Juan Diego a los demás, entendiendo perfectamente la situación.

-“Hijos míos” dijo Pedro. “Antes de que se vayan, hay algo que quiero se lleven.” Pedro le lanzó unas llaves a Max. CAMARO decía el llavero.

-“¡Mojón!” Dijo Max.

-“Créeme que lo necesitarán” Respondió Pedro.

Sin dos pedidas, Max, Jesús, Alejandro y Carlos Javier se montaron en el Camaro Amarillo del 76. “Marico, tienen que entrar en ese bosque uno de estos días” les dijo Max, arrancando el motor.

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